crónica Viajes

El viaje de indígenas shuar por una frontera minada para visitar a su familia

El cruce de una frontera minada, el redescubrimiento de un valle amazónico y la fiesta que reunió a indígenas shuar peruanos y ecuatorianos

El cruce de una frontera minada, el redescubrimiento de un valle amazónico y la fiesta que reunió a indígenas shuar peruanos y ecuatorianos

Pablo Campaña

El 7 de marzo del 2018 un grupo de 19 indígenas shuar subió la cordillera que separa a Ecuador de Perú para hacer un viaje riesgoso. Esa noche durmieron en el destacamento fronterizo Cóndor Mirador: una casa de madera, color camuflaje, en el que les sirvieron un plato de arroz. Al siguiente día comenzaron a descender, muchos de los viajeros habían peleado en la Guerra del Cenepa de 1995 y sabían que había minas en el camino, un mal paso les podía hacer estallar.

Semanas antes los visitaron indígenas shuar peruanos, decían que no tenían ni sal para comer. El viaje era para entregar ayuda. Jorge Nantip, un hombre que está en sus sesenta años, dice “respondimos al llamado en respeto a nuestros abuelos comunes”. Para otros era la oportunidad de navegar por el río Cenepa, por el que habían luchado en el último conflicto, dijo solemne Rubén Nantip, sargento retirado del Ejército.

La mañana del 8 de enero no siguieron senderos tradicionales para evitar las minas. Descendieron por las quebradas escarpadas de las que nace el río Cenepa cargando botas de caucho, machetes, ropa, medicina y sal para regalar. El camino era vertical y sus rodillas resistían el peso del equipaje, mientras observaban abismos. A la tarde llegaron al río.

Pisaron el río Cenepa exultantes, se mojaron las cabezas con el alivio de haber pasado el mayor peligro. Pero no se daban cuenta que el camino no tenía retorno. Si bien pudieron descender por las quebradas , no podrían usar la ruta para volver a casa porque era demasiado vertical.

Río Cenepa, imagen tomada durante el viaje a una comunidad shuar peruana. Foto Cortesía de Ruben Nantip.

La expedición se dividió en tres canoas de indígenas que por fortuna iban aguas abajo. Los remos se hundían en el agua silenciosamente, bajo la sombra de árboles que alcanzan los treinta metros de alto. La palabra Cenepa evoca una guerra, pero podría remitir a un valle que según estudios científicos es prístino, tiene especies raras y poco conocidas. Los expedicionarios vieron caimanes en el agua, huellas de danta en la ribera y abundantes tucanes. Aparecieron aves que no podían reconocer.

Muchos tenían la sensación de ser descubridores, mientras tomaban fotos con los celulares. “Era otro mundo, un paraiso”, recuerda Tomás Jimpikit, presidente de la Asociación de Bomboiza. En realidad, este sitio ha sido visitado por sacerdotes, científicos y militares. Pero sobretodo por los mismos shuar, quienes le dieron el nombre original al río: Sinip. Pero se esparcieron por la guerra de 1941.

En los dos días que navegaron por el Cenepa durmieron en destacamentos de militares peruanos , en donde les ofrecieron merienda. Para los viajeros, que vivieron el fragor de la guerra de 1995, esos platos de comida fueron una forma de sellar la paz.

Indígenas de la comunidad shuar de Bomboiza que viajaron al Perú. Foto Cortesía de Ruben Nantip.

*

Luego de dos días más de navegación, cuatro jóvenes indígenas shuar peruanos observaron que venían los ecuatorianos. Corrieron para avisar a la comunidad de Wichim que estaba a dos horas de camino y volvieron con chicha y verde para alimentarlos. Mientras caminaban por la selva, Rubén Nantip conversó con uno de los caminantes que los recibió buscando un tronco común. Ambos eran bisnietos de Antonio Chu, un guerrero que se trasladó desde el río Marañón a lo que es Gualaquiza hoy.  La familia se volvía a reunir.

En la comunidad peruana de Wichim, cuenta Rubén, salió toda la aldea: “fue tan impactante la manera como nos recibieron. Es el pueblo más lindo al que he llegado”. Les invitaron a tomar un baño y les indicaron su lugar de hospedaje. Comieron chicha, carne de monte y peces para festejar. Tomás ofreció los regalos que cargaron desde Ecuador. Oscureció mientras la gente bailaba celebrando la reunión, animados por la música que salía débil de un parlante, conectado a un panel solar.

Habitante de la comunidad shuar Wichim en Perú. Foto Cortesía de Ruben Nantip.

El 13 de marzo de 2018, en Perú, se celebró la cumbre binacional entre los pueblos shuar. Tomás recuerda que sus hermanos peruanos -como él los llama- querían que intercedieran por ellos ante el Gobierno, porque los ecuatorianos hablan la lengua oficial y en Wichim no. Los shuar peruanos también les pidieron donar un motor para una embarcación. Se decidió abrir un sendero en la selva -aunque por las minas- la ruta no es clara aún. Esa tarde el parlante volvió a sonar.

 

En la despedida se sentía la atracción de los peruanos por la capacidad de los ecuatorianos de comerciar, hablar español y exigir al gobierno. Mientras que los ecuatorianos veían el bosque de Wichim con nostalgia, como algo que en su territorio se perdió.

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Un estallido interrumpió el silencio del bosque. Desde una de las canoas shuar que regresaba por el río salió una bala que derribó a una danta. La carne colmó sus mochilas en las que cargaban aves y pesca que les habían regalado en Wichim. Al atardecer encontraron una playa descampada, en la se acostaron bajo la noche clara. El día siguiente remaron hasta un punto de vigilancia peruano, en el que ahumaron la danta y alegraron la merienda de los militares peruanos. 

La mañana siguiente tenían que subir la cordillera minada. Las quebradas por las que vinieron eran demasiado empinadas para volver por ellas, tenían que improvisar otra ruta, pero sin querer se metieron más a Perú. Al medio día, no tenían ni brújula, ni norte. Solo el sol sobre sus cabezas y las reservas de agua agotadas. El crepúsculo les orientó y les confirmó su error. En medio de los árboles, limpiaron el piso con machetes, tendieron plásticos, se cubrieron con cobijas en grupos de tres y durmieron intentando olvidar la sed.

La mañana del 20 de marzo Ruben Nantip, el sargento retirado, arengó a sus compañeros: en la guerra estuvimos en la montaña meses, este viaje solo dura días. Además, les dijo en tono marcial, que hubo operaciones de desminado, así que si mantienen la mente positiva llegarían completos a Ecuador. Comenzaron a caminar con los ojos bien abiertos para distinguir las minas color verde olivo. Hasta que encontraron un cable largo de un teléfono de uso militar. Unos metros más allá restos del motor de un avión peruano y trincheras. Entonces una ola de temor les hizo pensar que estaban en suelo minado. Las minas no distinguen entre tiempos de guerra o de paz. Los últimos kilómetros avanzaron despacio, preguntándose si bajo su bota están sintiendo metal.

Cuando vieron las casas color camuflaje del destacamento Cóndor Mirador les invadió la felicidad, estaban en Ecuador. Todavía existen aproximadamente 3.500 minas sembradas en la frontera, las autoridades militares no han entregado mapas a las organizaciones indígenas, pero el pueblo shuar está dispuesto a seguir encontrándose. Este mes de junio esperan una delegación peruana para que retire el motor para una canoa, como habían ofrecido. Lo cargarán haciendo la misma travesía.

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